Entro en la cocina. Nunca me he sentido cómodo en este lugar. Me resulta impersonal. Los azulejos son blancos y están salpicados regularmente con flores, las baldosas beige, y los armarios, todos con el mismo tono pajizo. Además, mi abuela, el fiel reflejo del orden, consigue mantenerla en un estado de pulcritud encomiable. Toda esa regularidad, esa simetría, el vomitivo olor a Fairy... me da asco.
A la izquierda, a lo largo de los cuatro metros que van desde la puerta a la ventana se encuentran los armarios, el lavavajillas y demás enseres y a la derecha la mesa. Entre ésta y aquellos apenas metro y medio. Más allá de la mesa hay un hueco formado con una columna maestra en el que cabe una persona. Ahí se sienta mi abuela. Me mira sonriente, impaciente, con un atisbo de ansiedad. Su cara, plagada de arrugas, decadente ya a sus 70 años, pero rechoncha y llena de vitalidad, está en sombra, pues tiene la ventana detrás y el Sol matinal rebota en la casa de enfrente provocando contra luz.
En la mesa hay dos vasos de leche humeante con Cola-Cao. Uno es para mí; el otro para mi hermana, que todavía está por levantarse. Mi abuela me da los buenos días. Me siento mentándome, como casi siempre, en la madre del que hizo el cajón de los cubiertos, con el que, como todos los días, me he golpeado el muslo al sentarme. Tengo ahora a mi abuela a mi izquierda. Como ya es costumbre, veo ante mí la taza de los payasos. No sé desde cuándo la uso, pero rara vez desayuno en otro vaso que no sea éste. Es una taza simple, blanca con cuatro payasos dibujados ocupando toda la superficie. Su tacto es suave, no frío como el de los otros vasos, sino agradable y caliente. Tiene bastante grosor, lo cual le hace resistente a las caídas y me obliga a abrir mucho la boca cuando quiero sorber. La leche está muy caliente. Quema.
Yo todavía llevo el pijama y mi abuela me exhorta para que me dé prisa, que no llegamos. No la creo. Mi hermana continúa durmiendo y yo ya estoy desayunando. Junto a la taza hay un vaso de zumo de naranja recién hecho, muy amargo. Me encanta el sabor del zumo después del primer sorbo de cola-cao. De un gran trago me lo tomo entero, sin pausa. Me limpio con la lengua el bigote que me ha dejado el zumo y me fijo en lo más preciado, sin duda alguna, del desayuno. Son los bizcochos.
Desde que tengo uso de razón he comido estos bizcochos de chocolate de la misma manera. La relataré a continuación:
En sí es muy simple. El producto es la típica zapatilla con una capa de chocolate duro por debajo. Lo realmente difícil consiste en separar ambos elementos para así luego disfrutar del manjar de los manjares, esto es, el chocolate. Con mucho cuidado unto el bizcocho unos dos dedos en la leche. Me lo meto en la boca pero no lo muerdo. Hinco los dientes superiores hasta que llego al chocolate. Ahí me paro. Tiro de él y lo saco de la boca. La leche está demasiado caliente y me he quedado con el chocolate derretido dentro. Bebo un buen trago de cola-cao calentísimo, hiriéndome la lengua por la imprudencia y añado algo de leche fría. Repito la operación, y esta vez consigo separar el bollo del cacao. Tengo ahora dos dedos de una finísima capa de chocolate lista para saborear. Sin embargo, ahí no acaba mi meticulosidad, pues vuelvo a untarlo por el lado todavía intacto, pero hasta el fondo. Me lo meto en la boca y muerdo con energía. Me encanta.
Hago lo mismo con lo que me queda. Aún tengo tres más.
Con la pareja del otro, pues van envueltos de dos en dos, imito lo anterior. Lo retiro del plástico, lo introduzco en la taza y lo muerdo de tal manera que al acabar el proceso queda delante de mí el chocolate y en la boca el bollo, que mastico, trago y siento llegar al estómago.
Me resta todavía la otra mitad de la zapatilla. Estos bizcochos chupan mucho líquido y la taza está casi vacía, así que relleno el vaso con más leche, y consigo el chocolate. He hecho una proeza. Tengo la capa entera y sin romper. Su sabor es indescriptible. Su textura lo hace delicioso. Es algo tan frágil que he de tener muchísimo cuidado
para no romperlo con los dientes cuando lo separo del bollo, pero luego estos mismos lo trituran con determinación y de la forma más violenta que pueden. Siempre gasto mucho tiempo con el primer par, así que tengo que darme prisa.
Abro el otro paquete ante la impaciente mirada de mi abuela, que yo creo no entiende nada, aunque así es mejor. Esto es sólo para iniciados. Cuando esté casi terminando ella levantará a mi hermana para desayunar y yo me vestiré, sin ayuda y como un niño grande, mientras que la criaja no sabe hacer nada por sí sola. Yo sigo a lo mío.
Suavemente sostengo los dos bizcochos con el índice y el gordo de mi mano derecha. Están los dos juntos, tal y como venían en el paquete. La capa sin chocolate hacia fuera y éste hacia dentro. He echado demasiada leche, y a punto ha estado de desbordarse la taza. Muy lentamente los voy mojando. Dejo que se empapen. Poco a poco. De otra manera se desbordaría. Como ya no queda más que leche fría no hay peligro de que se derrita el manjar o de que el estorbo se deshaga debido al calor, así que mi preocupación se centra únicamente en que la leche no se caiga fuera. Tardo demasiado. Me inclino y apoyo mi boca en la taza de tal manera que puedo sorber, por el labio superior, y reducir el riesgo de desbordamiento. Sorbo. Trago. Ahora puedo ir más rápido.
Tengo metido ya la mitad de la pareja y lo saco con mucho cuidado para evitar que su peso los parta por la mitad. Muerdo suavemente. Mediante una técnica laboriosa y cultivada con los años alcanzo el éxito, salvo en una ínfima parte donde el bizcocho no se ha despegado. Vuelvo a untar y esta vez no ofrece resistencia.
Lleno la taza de nuevo y meto la pareja por el otro lado. Espero con impaciencia a que se empape. He derramado un poco de leche. Mi abuela se levanta y va en busca de la otra. Ahora sólo veo las dos capas de chocolate pegadas. Ya es la hora. Lo saco y realizo por última vez la separación. Una parte no se ha despegado bien y he arrancado el chocolate también. Bueno, pienso, me queda un montón. Trago el bizcocho y bebo media taza. En la mesa, sobre el mantel, hay dos láminas de dulce. Me las meto en la boca y no me caben enteras, así que muerdo con los incisivos, y meto más. Muerdo y vuelvo a meter hasta que todo el chocolate está dentro de mi boca, ahora hinchada, a punto de estallar. Muerdo, muerdo, muerdo. Trago una, dos y hasta tres veces. No pasa y tengo que ayudar con leche. Lo noto muy levemente, pero ya sé que todo está en mi estómago.
Acabo la taza y miro dentro. Como lo suponía, han quedado trocitos en el fondo. Chupo el dedo índice y hábilmente consigo algunos de ellos, los más grandes.
Me lamo el dedo de nuevo y me levanto y miro por la ventana y veo que el Sol da de lleno sobre la casa que tengo delante. Va a hacer un buen día. Oigo la voz de mi abuela que me llama. Hay que vestirse.
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